Las fotos

Ya estamos de vuelta. Habrá tiempo de seguir escribiendo sobre el viaje. Por ahora, las primeras fotos.

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Viralatas

Estos dominicanos le ponen nombre a casi todo. La provincia entera está llena de perros solitarios (pequeñitos y feotes, todos iguales) fuertemente maltratados – les tienen el mismo cariño que nosotros a los jejeres-. Pero Las Terrenas es una especie de oasisi canino. Gracias al empeño de unos galos (especialmente de nuestra anfitriona Denise), los cánidos viven aquí con bastante dignidad. A estos perros playeros se les llama viralatas ya que buscan comida debajo de las latas que la gente tira por doquier (y a veces incluso en las papeleras). Denise junto con algunos veterinarios se ha ocupado de esterilizar, desparasitar y poner un collarcito de su asociación a casi todos los perros del pueblo. Ella misma tiene cuatro y aquí si no tienes un par de ellos eres un poco rarito.
De alimentarlos durante los últimos diez días nos hemos ocupado nosotros. De normal comíamos los dos y algún feote de esos con cara de triste que se cuelan en las terrazas y los restaurantes. Armando dice que siempre tienen hambre, algo de razón lleva.
Son animales que viven un especial hedonismo. Comen y juegan, sin ningún apego. Se te acercan en la playa, saltan, corretean, te arrancan un mimo y siguen su camino hacia la siguiente playa. Gran plan. Muchos dominicanos hacen lo mismo, comer, jugar y vivir sin anclas.

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La costa de los jejenes

Je je. Ni puta la gracia. La felicidad no puede ser completa por muchos, muchísmos motivos: el hambre en el mundo, el tripartito, los fondos de cohesión y, apunten, los insectos. Servidor, ya me conocen, no siente gran aprecio por los bichos sin espina dorsal (algunos que la tienen me dan grimita también, pero no es el caso).
ESTO ESTÃ? CUAJADO DE COSAS QUE PICAN.
En su mayoría son mosquitos corrientes que se ahuyentan con unas espirales de insecticida que lo mismo sirven para alejar los bichitos como para sumir a los humanos en un profundo y reparador sueño.
Estos no me preocupan. Los realmente inquietantes son los jejenes. No tenemos fotos de los mismos: son pequeñísimos y transparentes. Viven en la playa y se alimentan de turistas. Sólo los conoces cuando tu pierna queda completamente taxidermizada. El picor, hemos hecho cuentas, dura cinco días. Antihistamínico. Si piensan venir por aquí traigan un lote.

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El secreto del Larimar

El larimar es una piedra semipreciosa (ejem) que sólo se encuentra en una pequeña cantera al sur de la provincia de Samaná. Su nombre proviene de la contracción de Larissa (así se llamaba la hija del geólogo descubridor) y mar, por su intenso color azulado. El larimar tiene un significado oculto que usted, sí, usted, no puede comprender. Si a esa piedra le pasas un mechero no se funde ni nada. ¿Sorprendidos? Así nos quedamos nosotros cuando un autóctono nos lo explicaba (con ejercicio práctico -y con mi mechero-) bajo un aguacero hoy en Punta Popy. Oiga, persistente el chaval, nos ha intentado endosar media docena de pulseras y collares a 30 euritos la pieza. Lástima que salgamos de casa apenas con las gafas de sol y el tabaco.
El larimar es una metáfora de todo por aquí.
Se encuentra lo que se busque, pero no siempre en las mejores condiciones. Larimar carísimo en una playa semidesierta y un cibercafé como éste sin un puñetero puerto USB para descargar las fotos de la cámara. Caribe lo llaman…

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Badén Badén

badén:
1. m. Zanja o depresión que forma en el terreno el paso de las aguas llovedizas.
2. m. Cauce enlosado o empedrado, que se hace en una carretera para dar paso a un corto caudal de agua.
3. m. Depresión en la superficie de un camino o de una carretera. U. t. en sent. fig. Los badenes del espíritu de un hombre.
4. m. vado (Ç? modificación de las aceras para facilitar el paso de vehículos).
5. m. Obstáculo artificial alomado que se pone de través en la calzada para limitar la velocidad de los vehículos.

La buena es la quinta acepción. En algunos badenes de Samaná caben dos o tres soluciones habitacionales holgadas. La suspensión de nuestro coche de alquiler chilla como un cerdito en cada uno de ellos. Es fácil de entender, el plan de ordenación de las carreteras en esta provincia sencillamente no existe.
Hoy anduvimos por Sánchez y por Playa Jackson. Un lugar perfecto para abandonar un cadáver o unos fardos de coca. No hay nadie. Alguna garza, caballos y un señor montado en un burro han sido toda la compañía que hemos tenido si no contamos estas vacas raras que pueblan los palmerales y que parecen casi indias.
Jackson es, dios qué mal chiste, negra. La arena no es clara, tiene reflejos ocres sobre una mayoría de tonos ceniza y oscuros. Las palmeras crecen sobre el rompiente de las olas y en su remanso se acumulan cocos, basura y juguetes sobre los que los percebes han montado colonias. En nuestro ánimo especulador nos hemos rebuscado en los bolsillos. Sobre un talud de cemento un propio ha apuntado su teléfono. Vende un terrenito. Nada, 166.800 metros cuadrados.

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Guachimen

Todas las casas con algo de dinero (o mucho miedito) tienen uno. Con su machete y su linterna (o su pistola, el imaginario da para mucho) se ocupan de cuidar las parcelas por la noche. Ahora en su mayoría son haitianos y suelen pasar su turno de trabajo entregados al sueño de los justos. Según algún local es un mal trabajo. “Ellos cuidan la casa del rico mientras que alguien cuida a su mujer”. Sencillo como un refrán, pero demoledor.
Nota del redactor: Guachimen, del inglés Watch Man. Toma ya.
Armando, con quien pasamos un día estupendo ayer y cuya casa tenemos toda la intención de tomar al asalto e instalarnos en ella, no tiene guachimen. Tiene perra. Se despierta con más facilidad que el del machete.

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¿Y de comer? Papagayo

Las Terrenas está bien pero es pequeño. Con el pareo a cuestas decidimos abrir nuestras fronteras al resto de la península de Samaná. Hemos ido hasta donde nos ha llevado un carrito de alquiler que hacía más ruidos que una caja de herramientas. ¿Destino? Playa Rincón, probablemente la más bella que han visto estos dos pares de ojos que se ha de comer la tierra.
Demencial, enorme, salvaje, abrigada tras una loma (y después de un camino de tierra y lodo y agua y palmas cruzadas que parecía aquello una etapa del Mundial de Rallies) y acurrucada en una zonita de rocas junto a un río. (OH).
La aventura está bien, pero sin pasarse. Allí había un par de chiringuitos autóctonos en los que venden pescado. Efectivamente, papagayos. Dos. Hemos comido nosotros y un simpático samaní que se gana la vida haciendo sombreros de palma. La vida está fatal aquí, se quiere ir a España para poder asegurar un futuro para sus dos hijas – y sus cinco vacas- . Lo ve complicado, no hay dinero. El poco que ahorra lo tiene que invertir en cueros en la capital.
Nota del redactor: Un cuero es una mujer de vida disoluta y economía subvencionada.
Cosas del Caribe.

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Inviertan en Cosón

Por aquello de que el pareo siga dando dos vueltas alrededor de mi cintura y no poco más de media, ayer (y en compañía de Armando) hicimos una breve (ejem) excursión en bici. De aqui hasta Playa Bonita y desde ahí hasta Cosón. Nene, qué sitio. En La Bonita la consejería de turismo tiene ahí puesto un pelícano (que es lo primero que ves tras recoger los pulmones del suelo) y, háganme caso, subyuga. Una cosa mala.
Cosón es extraña, larguísima y con el mar en calma absoluta. Una bandeja. Llegamos con lluvia, el resto de playas levantan olas pero aquí nada. Apenas unas palmeras, una barca abandonada y un lugareño con un machete. Vende cocos.
¿Parece idílico? Desconfíen, hay en marcha más de un centenar de proyectos urbanísticos en camino que dejarán aquello como un solar de piñas coladas y tumbonas.

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El choferismo

Ya lo dijo nuestro taxista. En este pueblo se vive del turismo y, en segunda instancia, del choferismo. Dentro de la rama del choferismo hay una segunda variante juvenil y alocada. El motoconchismo, el sutil y aventurero arte de recorrer la costa a lomos de una moto destartalada, sin casco ni faros por unos pocos pesos. Es el medio de transporte autóctono y, de media, en una de esas motos de 125cc suben tres (o cuatro) personas. Van como locos. Los que más hechos están a esta costumbre local son los perros, verdaderos acróbatas. Por cierto, en toda la zona sólo hay una calle asfaltada.

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¿Habéis visitado ya El Limón?

Cuando Colón llegó a esta isla, bautizada como La Española, seguro que en la playa había un lugareño ocioso que se acercó así con parsimonia y, sin saludar, le dijo “¿habéis visitado ya el Limón?”. Colón, obviamente, se fue.
El Limón es una cascada natural que se encuentra a unos pocos kilómetros de Las Terrenas, un sitio precioso y de peculiaridades demográficas. Todo el mundo tiene un primo allí que, de manera altruista, te hace la excursión por mucho menos dinero que las agencias. Cosas del turismo.

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